jueves, 11 de julio de 2013

Aquellas... Que no se llevo el viento.


Me pregunto si en alguna ocasión han leído un texto de la índole que sea y al pasar sus ojos sobre él, partes de su  cuerpo han sufrido un cambio de estado: los ojos  llorosos, la piel se volvió de gallina, la  garganta se torno seca o al contrario salivo más. Podría seguir nombrando sensaciones que uno  experimenta al leer algo que traspasa el límite de la mente para viajar directamente al resto de los  órganos y comenzar a  producir reacciones que a uno no esperaba, pero lo disfruta; tal vez la lista sería larga y no podría siquiera abarcar todas las reacciones vividas por aquellos a los que les ha sucedido.
Si la respuesta es sí, recordaran ese cambio de estado que les provoco la lectura cada vez que piensen en ella o vuelvan a leerla. Es sorprenderte experimentar como las palabras escritas bajo la percepción e imaginación de su autor pueden llegar tan dentro de nosotros, hacer surgir experiencias físicas y sensoriales.
Un género literario que pretende provocar emociones a quien lo lee, es la poesía, manifestando la belleza, la vida, el dolor; el sentir humano. Por medio de la expresión creada en sus versos. Es posible transformar las palabras del escritor en  las  propias, adueñándose del sentimiento, vivirlo.
La poesía en lo personal me recuerda lo que es vibrar, vivir. Puedo através de lo escrito por otro recordar mi propio sentir quizás experimentarlo mas fuerte y recordar momentos paralelos que me hayan otorgado el placer de sentir.



No te salves

No te quedes inmóvil 
al borde del camino 
no congeles el júbilo 
no quieras con desgana 
no te salves ahora 
ni nunca 
no te salves 
no te llenes de calma 
no reserves del mundo 
sólo un rincón tranquilo 
no dejes caer los párpados 
pesados como juicios 
no te quedes sin labios 
no te duermas sin sueño 
no te pienses sin sangre 
no te juzgues sin tiempo 

pero si 
pese a todo 
no puedes evitarlo 
y congelas el júbilo 
y quieres con desgana 
y te salvas ahora 
y te llenas de calma 
y reservas del mundo 
sólo un rincón tranquilo 
y dejas caer los párpados 
pesados como juicios 
y te secas sin labios 
y te duermes sin sueño 
y te piensas sin sangre 
y te juzgas sin tiempo 
y te quedas inmóvil 
al borde del camino 
y te salvas 
entonces 
no te quedes conmigo.


Mario Benedetti

Aquellas... Que no se llevo el viento.

No sé si sea una generalidad en todos aquellos que disfrutamos de leer, pero de vez en vez las palabras se quedan con nosotros y trasciende de mero sonido emitido al leerlas a ecos del corazón. No creo que sea particular de un genero literario, pues habrá los que leen de seres míticos y piensan que alimentarse de los fluidos de alguien más es una estupenda idea o aquellos que después de terminar de leer un libro juran y perjuran que el libro les habla teniendo un significado oculto que solo ellos han descifrado. Son estos, ejemplos de expresiones de cómo las palabras no solamente pasan de nuestros ojos a la mente, donde encontramos su significado, si no se dirigen al corazón (o las entrañas) -esto depende del genero literario- donde el significado lo transformamos en sentimiento y no lo dejamos ir. Esta experiencia me ha sucedido con ciertos libros y me gustaría platicarles con el primero que me sucedió. No recuerdo la edad exacta en que lo leí – esto no se debe a que una mujer no deba recordar su edad-, pero debí haber estado entre los 15 y 18 años. El libro se llama La insoportable levedad del ser del escritor checo Milan Kundera, desde el titulo sabia que algo interesante y prohibido me esperaba entre sus líneas. Y no estaba equivocada, desde que exploré la lectura en sus primeras paginas, un mundo de paradojas se iba formando, que al principio no comprendí sin embargo hacían resonar mi cuerpo. Experimenté por primera vez amor, rechazo y molestia por todos los personajes; probablemente esto se deba a que Tomás, Teresa, Sabina y Franz representan la condición humana, el sentir y actuar del hombre desde sus deseos ocultos, la desmembración de las relaciones humanas vividas en la carne de otro, el sentir dolor, amor, perdida, libertad, ataduras. En mi corazón se quedaron sus pesares y cuestionamientos; la ligereza con la que Tomás vive su vida sexual y su amor, el peso que crean los celos en Teresa, la búsqueda constante por la libertad al grado de una separación del cuerpo y el alma que experimenta Sabina, el idealismo lírico a lo fuera de lo común de Franz. Ahora, después de varios años de haber leído este libro se que el motivo de que las palabras de Kundera no se las llevará el viento, fue por que encontré en ellas a mi temprana edad una explicaciones de las relaciones humanas, de los sentimientos y algunas respuestas a las preguntas que se generaban en mi interior. No lo puedo asegurar pero tal vez si no lo hubiera leído aquella vez y decidiera leerlo hoy, las palabras pasarían por mi cabeza tendrían un significado y saldrían a volar a otra parte, fuera de mi ser.

María y la Cleta


María, una niña que ve a través del movimiento; la libertad, es en todo lo que piensa, deslizarse con él. No sabe cómo ir a la misma velocidad que el viento correr junto a él, sentir el golpe frío y volátil en su cara.  Quiere  mimetizarse con en él; la velocidad del movimiento genera en ella la curiosidad y se pregunta qué la podrá hacer volar. Ve en su mundo todo aquello que haga soplar y cantar fuerte al aire. Decide que es tiempo de  experimentar.
Su primer intento es con un par de patines viejos, negros con líneas rosas en los costados que le pertenecían a su hermana mayor , los sujeta de las agujetas sucias y un poco desgastadas por el uso; comienza  a inspeccionarlos de arriba abajo, de una lado a otro, no les entiende muy bien pero eso no le impide probárselos. Es toda una odisea poder andar con esos patines para María, siente en las piernas la inestabilidad que las ruedas en línea le generan. Después de varias peleas con los patines, logra dominarlos. Desde ese día salió con ellos a pasear, a jugar en el parque subiendo y bajando, sintiéndose independiente, osada, intrépida; no obstante, libertad era lo que ella buscaba y en los patines no lo pudo encontrar.
Se dio cuenta que debería tratar otra cosa, pues ver a su alrededor tanto por  intentar; y quedarse con los patines no era justo ni para ellos ni para ella, los guardó en el closet donde los encontró. Desde ese día no los ha vuelto a ver.
Su siguiente intento fue la danza , gozaba al ver todos los movimientos, las formas en las que el cuerpo puede transformarse. La caricia  sutil y delicada de la  brisa en cada paso que daba, la hacia abrazarse a ella danzado juntas bajo el hipnotizante chiflido de la música, bailó por algunos años, (pues se sentía unida al viento). Pero solo ser una brisa lenta y delicada no era lo que ella buscaba, no le quedó opción más que dejar de bailar y guardar las zapatillas en el closet.
Un día observo como los caballos galopaban a toda velocidad, parecía que le ganaban al viento. Entonces decidió que lo probaría pues tal vez podría sentirlo golpear su rostro, probar si su cabello puede desprenderse del cuerpo.
¡Y  quizás ganarle al viento!
Se compro unas botas y se subió a un caballo, sentir la piel dura y fuerte del animal, la hacia sentirse  fuerte, recia y segura. María experimentó arriba del potro una libertad que no había sentido en sus intentos pasados. El aire corría rápido por su cuerpo y la traspasaba. El galope le recordada sentir el cuerpo  y se preguntó hasta donde podría llegar galopando, aunque  esta idea despertó su imaginación, no podía sentirse del todo feliz, pues tal vez a donde ella quería ir, no era el mismo lugar donde el caballo deseaba correr, ¡LIBRE!
Guardo las botas en el closet, pues su libertad dependía de quitársela a otro.
Por algunos años María se cansó de probar, aunque por otro lado su espíritu no la dejaba apagar el  sentimiento de libertad. Lo notó cuando cada vez que escuchaba el timbre de una bicicleta o conocía historias sobre gente que amaba moverse en ella, su corazón palpitaba tan fuerte que se oía a metros de distancia. Soñaba con  lugares que no conocía.
Decidió probarlo, al principio no le fue fácil pues tenía la idea que para andar en  bicicleta se debía aprender de niña y ella había gastado todos sus años tratando otras cosas ,pensó que jamás podría mantenerse en equilibrio en una bicicleta. Después de algunos intentos fallidos y muchas frustraciones una tarde muy decidida agarro una bicicleta, y se dijo a si misma: si me subo es para ya no bajarme.
Desde aquella vez María no se ha bajado de su bicicleta, han pasado muchos años y la cleta no esta en el closet, pues cuando esta en ella puede saborear la libertad y entre mas fuerte pedalea más cerca esta de irse.